Yo allá

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Desde lejos te toco con tus manos
Dibujo una sonrisa en tu boca con tus labios al besarlos y repasar mi lengua con tu lengua
De un lado están las palabras
Del otro los suspiros
Te abrazo cada noche con tus brazos
Te susurro al oído que te quiero con tu aliento
Respiro pausado, entrecortado, con tu aire
Desde lejos me desnudas, con tus dedos.

Usted, sumercé, tú

syysEmpecé a desearte justo cuando el mundo estaba a punto de acabarse.
Ese día esperábamos reunidos junto a la hoguera a que la humanidad, como la conocíamos, se extinguiera.
De repente, rozaste unas palabras con las mías y estalló una calcinante llama en mí, pasé de tener frío a estar ardiendo en algo que hasta hoy no comprendía y que en cuanto se acabó todo, lo supe.
Después, en los tiempos en los que los hombres caminábamos hacía lo desconocido, vino algo que no podía explicar, ya había probado tu espesa jungla, había jugado con tu cabeza, me habías hundido tu conocimiento errático, duro, ya había visto tus teclas, esas que movías cada vez que derramabas la lluvia incipiente por mí. Luego, el deseo que sentía se volvió más poderoso y se convirtió en otra cosa que, en la era de los hombres, algunos llamaban amor.
Ahora camino a tu lado, nos envolvemos en todas las lenguas, nos hacemos campo en nuestros miedos, dejamos atrás el mundo entero y nos consumimos en nosotros dos, ahora no sé si es deseo, amor, compañía, lujuria, ternura, todo o nada, solo sé que tu melodía soy yo y caminas de puntillas sobre mí, tratando de no hacerme daño, haciéndome sentir que el mundo como lo conocimos antes de sabernos, terminó.

Es la guerra santa, idiotas

Por: Arturo Pérez-Reverte

Pinchos morunos y cerveza. A la sombra de la antigua muralla de Melilla, mi interlocutor -treinta años de cómplice amistad- se recuesta en la silla y sonríe, amargo. «No se dan cuenta, esos idiotas -dice-. Es una guerra, y estamos metidos en ella. Es la tercera guerra mundial, y no se dan cuenta». Mi amigo sabe de qué habla, pues desde hace mucho es soldado en esa guerra. Soldado anónimo, sin uniforme. De los que a menudo tuvieron que dormir con una pistola debajo de la almohada. «Es una guerra -insiste metiendo el bigote en la espuma de la cerveza-. Y la estamos perdiendo por nuestra estupidez. Sonriendo al enemigo».

Mientras escucho, pienso en el enemigo. Y no necesito forzar la imaginación, pues durante parte de mi vida habité ese territorio. Costumbres, métodos, manera de ejercer la violencia. Todo me es familiar. Todo se repite, como se repite la Historia desde los tiempos de los turcos, Constantinopla y las Cruzadas. Incluso desde las Termópilas. Como se repitió en aquel Irán, donde los incautos de allí y los imbéciles de aquí aplaudían la caída del Sha y la llegada del libertador Jomeini y sus ayatollás. Como se repitió en el babeo indiscriminado ante las diversas primaveras árabes, que al final -sorpresa para los idiotas profesionales- resultaron ser preludios de muy negros inviernos. Inviernos que son de esperar, por otra parte, cuando las palabras libertad y democracia, conceptos occidentales que nuestra ignorancia nos hace creer exportables en frío, por las buenas, fiadas a la bondad del corazón humano, acaban siendo administradas por curas, imanes, sacerdotes o como queramos llamarlos, fanáticos con turbante o sin él, que tarde o temprano hacen verdad de nuevo, entre sus también fanáticos feligreses, lo que escribió el barón Holbach en el siglo XVIII: «Cuando los hombres creen no temer más que a su dios, no se detienen en general ante nada».

Porque es la Yihad, idiotas. Es la guerra santa. Lo sabe mi amigo en Melilla, lo sé yo en mi pequeña parcela de experiencia personal, lo sabe el que haya estado allí. Lo sabe quien haya leído Historia, o sea capaz de encarar los periódicos y la tele con lucidez. Lo sabe quien busque en Internet los miles de vídeos y fotografías de ejecuciones, de cabezas cortadas, de críos mostrando sonrientes a los degollados por sus padres, de mujeres y niños violados por infieles al Islam, de adúlteras lapidadas -cómo callan en eso las ultrafeministas, tan sensibles para otras chorradas-, de criminales cortando cuellos en vivo mientras gritan «Alá Ajbar» y docenas de espectadores lo graban con sus putos teléfonos móviles. Lo sabe quien lea las pancartas que un niño musulmán -no en Iraq, sino en Australia- exhibe con el texto: «Degollad a quien insulte al Profeta». Lo sabe quien vea la pancarta exhibida por un joven estudiante musulmán -no en Damasco, sino en Londres- donde advierte: «Usaremos vuestra democracia para destruir vuestra democracia».

A Occidente, a Europa, le costó siglos de sufrimiento alcanzar la libertad de la que hoy goza. Poder ser adúltera sin que te lapiden, o blasfemar sin que te quemen o que te cuelguen de una grúa. Ponerte falda corta sin que te llamen puta. Gozamos las ventajas de esa lucha, ganada tras muchos combates contra nuestros propios fanatismos, en la que demasiada gente buena perdió la vida: combates que Occidente libró cuando era joven y aún tenía fe. Pero ahora los jóvenes son otros: el niño de la pancarta, el cortador de cabezas, el fanático dispuesto a llevarse por delante a treinta infieles e ir al Paraíso. En términos históricos, ellos son los nuevos bárbaros. Europa, donde nació la libertad, es vieja, demagoga y cobarde; mientras que el Islam radical es joven, valiente, y tiene hambre, desesperación, y los cojones, ellos y ellas, muy puestos en su sitio. Dar mala imagen en Youtube les importa un rábano: al contrario, es otra arma en su guerra. Trabajan con su dios en una mano y el terror en la otra, para su propia clientela. Para un Islam que podría ser pacífico y liberal, que a menudo lo desea, pero que nunca puede lograrlo del todo, atrapado en sus propias contradicciones socioteológicas. Creer que eso se soluciona negociando o mirando a otra parte, es mucho más que una inmensa gilipollez. Es un suicidio. Vean Internet, insisto, y díganme qué diablos vamos a negociar. Y con quién. Es una guerra, y no hay otra que afrontarla. Asumirla sin complejos. Porque el frente de combate no está sólo allí, al otro lado del televisor, sino también aquí. En el corazón mismo de Roma. Porque -creo que lo escribí hace tiempo, aunque igual no fui yo- es contradictorio, peligroso, y hasta imposible, disfrutar de las ventajas de ser romano y al mismo tiempo aplaudir a los bárbaros.

Mi hermana, la mayor, la pitonisa

sueños magicosAnoche mi hermana, la mayor, soñó que yo me moría. Me llamó angustiada rogándome que me cuidara mucho, que había soñado que yo iba hasta su lado y me despedía de ella.

Tranquila –le dije–, es solo un sueño; entonces me recuerda que ella soñó que se moría un perro que teníamos por allá en el 98, y tres meses después tin, la pata sola se lo llevo con todo y sus 15 abriles. Luego, entre lágrimas, me dijo que me acordara, que unos años después había soñado que tres gaticos morían apenas veían la luz del sol, y si, efectivamente un mes después, la gata Filomena tuvo tres gaticos que prácticamente nacieron muertos. Le dije que eran coincidencias, que si ella predecía así la muerte, debería estar haciendo plata con eso, o en un laboratorio de entrega inmediata e interpretación del sueño; que procurara soñarse alguna vez con la muerte de nuestro ex presidente, el asesino, a ver si se nos hacía realidad ese milagrito.

Obviamente mi hermana, la mayor, entró en cólera: –¡Eso, búrlese, yo sé lo que digo, acuérdese que la primera vez que soñé la muerte de alguien fue la de nuestra gallina Camela!– Y sí, Camela se murió a los pocos días, pero porque mi abuelita la mató para hacer un sancocho. La semana siguiente le tocó a su esposo, Camelo, y esa muerte la que la predijo fue la abuela, cuando decidió hacer un ajiaco para superar el sancocho de la semana anterior. Yo traté de tranquilizar a mi hermana, la mayor, pero ella estaba reacia a mis arrullos y lo que hizo fue emputarse al notar mi escepticismo, colgó el teléfono tan fuerte que en el aire quedó un pitido, la nota “la” exactamente, con  sus 440 Hz.

Después de fingir que me despedía tiernamente de ella, con besos incluidos y todo para no quedar como la loca a la que le colgaron, me puse a pensar en que si realmente me quedasen tres meses de vida, ¿qué haría?

Ya nada, creo, porque lo que no hice en treinta años qué voy a hacerlo en tres meses.

¿Viajar al Himalaya? De hoy a que me den un préstamo para pagar los pasajes transcurrirían no tres sino cinco meses, y frikis, por entonces ya habré pasado al papayo.

¿Follar más? Bueno, si llevo más de un año sin ejemplar follístico al lado, no creo que en tres meses se me de la vaina, a no ser que interceda el espíritu santo como hizo con María.

¿Sonreir más? Jumm… no sé de qué serviría si se supone que la risa, sonrisa y afines alargan la vida. Pero como yo solo tengo tres meses pues no hay nada que alargar.

Igual me dejó pensando sobre la huella que dejaré en el mundo.

Y no, ninguna.

Un par de tipos enamorados que alguna vez borrachos derramarán una lágrima por mi ausencia. Unos cuantos familiares a los que les haría más falta por un tiempo, pueden ser cinco o seis años, quizá tres o dos. Uno que otro amigo dirá, –tan linda que era– Y ya. Pero ¿huella, lo que se dice huella?

No hay ni un solo vídeo mío en youtube haciendo una cosa extraordinaria, como la niña de once años que se retuerce increíblemente bailando la canción “La anaconda” de la tal Nicki no sé qué. No fui un músico importante, –Virtuosa que a la tierna edad de seis años se tocó toda la suite No 2 para orquesta en si menor de Bach, con una flauta traversa barroca–. Ni siquiera, me tiré el pedo más oloroso del mundo, o alguna de esas cosas absurdas que suceden en los Guinness records.

El caso es que no sé qué será de mi en tres meses, solo creo que no pasará nada distinto, porque lo que no hice en treinta años –a no ser que me gane el baloto– no va a cambiar.

Así que, puede que pase a la historia por una única cosa, la mujer que murió cuando su pariente lo predijo. Pero, pensándolo bien, la que pasaría a la historia no sería yo sino mi hermana, la mayor.

Sentada

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Nada. No pasa absolutamente nada, de vez en cuando se me duerme el pie izquierdo porque tengo la pierna derecha totalmente descargada sobre él, entonces me acomodo, lo bajo de la silla, es muy alta, o yo soy muy baja y mi pie no alcanza a apoyarse contra el piso, empieza el cosquilleo de la despertada, sube desde el dedo gordo hasta antes de llegar a la rodilla, siento como se va llenando de sangre, como empieza a circular lo que antes estaba estancado.

Y así nada, acá sentada, esperando a que pase la vida, lástima que a veces me toque pararme a comer algo porque el estómago protesta.

Balcón, borda, botar

images (2)Es increíble que no pueda botarme por el balcón si ya boté mi vida por la borda. (Tantas “Bes” me agobian).

Pero es así: pensé en suicidarme, y al encontrarme de frente con el vacío,  vi que la muerte no era solo eso; debo borrar de mi memoria la gente que conozco, o borrarle la memoria a la gente que sabe que yo existo.

¿Cómo borrar un pensamiento? ¿Cómo borrar un sentimiento? ¿Cómo borrar un olor?

Lo más difícil de desaparecer es lo que queda en lo que los demás sienten por ti. Lo más difícil de volverse invisible es dejar de ser visible.

No la ropa, o los accesorios; la esencia, el olor, las sensaciones, la sombra.

Solo es invisible algo que nunca vimos. O no, pero si.

Lo más difícil de desaparecer es no ser en nadie más. Cuando ya no seas, has desaparecido; si eres, seguirás siendo siempre.

Entonces no es partir, es no dejar nada en nadie. Es minimizar tu participación en este infinito.

Pero desde que naces ya eres parte de algo, mínimo, pero algo.

Y por más de que te suicides, o te detengas en el tiempo de los vivos, ya eres parte de algo.

¿Qué hacer para no ser?

Nunca haber sido.

Escribí

images (1)Escribo desde hace muchos años, bueno, ustedes también escriben desde hace muchos años a no ser que tengan siete y entonces ahí sí se puede decir que lo hacen desde hace poco. La cosa es que desde el primer momento en el que encadené palabras uniéndolas para darles un sentido, (aunque solo lo tuviera para mí) me gustó escribir.

Pero al mismo tiempo que la emoción me embargaba al ver que las palabras unidas de una forma adecuada formaban frases coherentes y textos bonitos, llegaron las complicaciones.

Primero fue mi papá, al que tuve la desgracia de mostrarle lo que hacía, desbarató todo lo que ya había completado. Tras mi padre llegaron todo un sinfín de exigencias colegiales, –que esto va antes así, que lo de allá se pasa asa, que arriba, que abajo, que al revés, que después– y volverse loca porque qué más. En ese momento comienzan un sartal de eventos desafortunados; al darme cuenta de que escribir no solo es armar frases bonitas sino que obliga también a tener en cuenta un montón de reglas y normas que complican la esencia de lo bonito; a la tierna edad de doce años, decidí mandar a la mierda toda esa maraña de mentiras a las que yo les llamaba escribir.

Hace poco, un año exactamente, decidí volver a escribir (aunque nunca dejé de hacerlo por debajo de cuerda, en cuadernos, servilletas, papeles sueltos y todo lo que encontrara) y crear este blog, con la única y exclusiva razón de leerlo yo y solo yo, para mí y solo para mis ganas de ver escrito algo mío.

Ya sé que lo que escribo apesta, pero llevo un año haciéndolo, como cada tres meses un pedacito, como quien dice no he escrito sino tres maricadas, pero la intención inicial de que fuera solo para mis ojos se dio en la jeta contra internet, vaina jodida que resulta que una vez publicado acá es de dominio público.

También, hace poco me dio por publicar en mi cuenta de twitter una entrada que me parece quedó bonita, pero en el momento de salir a la luz (como a mis doce años) floreció otro sartal de complicaciones, las de la red, que se sumaban a las de la escritura, –que no escribas en primera persona, que es un blog como los otros, que escribes como para ti y el lector debe creer que es él el que vive lo que escribes, que se hace pesada la lectura en la parte media, que no tiene principio, que el final está más largo que una cadencia de Brahms, que si no, que si sí, que así, que asa, que arriba que abajo– y yo ahí, renunciando de nuevo a lo bonito que me parecía escribir, porque lo bonito es complicado y si es complicado que pereza, mejor dejemos así.